Obesidad, diabetes y

Covid 19

Karen Gil

“La alimentación va de mal en peor”, sentencia Fernando Canedo, facilitador de la Plataforma Nacional de Suelos, que agrupa a unas 50 organizaciones ligadas a la agricultura sostenible en Bolivia. Y así debe ser si se considera, por ejemplo, que la obesidad en Bolivia, que hasta la década de los 80 apenas existía, crece sobre todo entre la población femenina.

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Año 2019

de la población boliviana padece sobrepeso.
  • 66,9%
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De acuerdo con los datos preliminares de la primera Encuesta Nacional de Factores de Riesgo de las Enfermedades No Transmisibles (ENT) en Bolivia, realizada en 2019, el 63,3% de la población padece de sobrepeso y de obesidad, siendo la población femenina la de mayores índices, con 66,9%, mientras que ambos males afectan al 59.9% de los hombres.

Este dato es superior en casi 10 puntos en relación con los resultados de la Encuesta de Demografía y Salud (EDSA) del Instituto Nacional de Estadística (INE), publicada en 2017, que reflejan que hasta el 2016, el 57,7% de la población femenina padecía de obesidad y sobrepeso. Ese estudio devela que Santa Cruz (30%) y Beni (32%) concentraban a los mayores porcentajes de mujeres con obesidad.

Probablemente, la diferencia de ambas encuestas se debe a que las muestras fueron de diferente dimensión, siendo la del INE mayor a la del Ministerio de Salud. La primera encuestó en 15.184 viviendas, a mujeres de 15 a 49 años de edad, tanto en área rural como urbana. En cambio, la última consultó a 5.760 personas de 18 a 69 años, según un reporte del diario paceño La Razón.

Un caso llamativo es el de El Alto —la ciudad más joven y poblada principalmente por migrantes del área rural—, donde el 54,6% de sus habitantes, en promedio, sufren de obesidad o sobrepeso. Para ilustrar la situación, “se puede decir que 6 de cada 10 mujeres tienen sobrepeso (obesidad en los casos más severos) y al menos cinco de cada 10 hombres sufren el mismo problema”, explica la investigación “El Alto: Sobrepeso y obesidad en la ciudad. ¿Qué hacer desde la agricultura familiar?”, realizada por la Fundación Tierra en 2018.

“Los nichos naturales de estas enfermedades no transmisibles tienen un espacio territorial en zonas urbanas y periurbanas, sobre todo de clases medias y bajas”, explica Fabrizio Uscamayta, del proyecto Eco Tambo-Tejiendo Transiciones.

Una puerta
para otros males

La OMS apunta como causas del aumento de peso al sedentarismo y el elevado consumo de alimentos de alto contenido calórico y de baja calidad nutricional, lo que provoca la saturación de grasas en el cuerpo.

Los expertos en el tema ligan el consumo de alimentos no nutritivos a las limitaciones de acceso a la alimentación sana para la mayor parte de la población.

Las consecuencias pesan en la salud de las personas. La OMS afirma que la obesidad y el sobrepeso son factores de riesgo para contraer diabetes, afecciones del corazón, trastornos del aparato locomotor y algunos tipos de cáncer.

La diabetes en su auge

El 6,60% de la población boliviana padece diabetes, enfermedad que se caracteriza por una alta concentración de glucosa o azúcar en la sangre, según muestra el último informe mundial de la OMS. Ciertamente es un índice menor en comparación con lo que sucede en México, Argentina o Brasil, donde más del 10% de la población es diabética, pero no por ello el problema es menor.

Un estudio de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) revela que de las 45.900 defunciones registradas en Bolivia por Enfermedades No Transmisibles (ENT), el 4% corresponde a muertes por complicaciones causadas por la diabetes.

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Debido a las afectaciones de las enfermedades crónicas, el Ministerio de Salud, con apoyo de la OMS, a inicios de 2019 comenzó la elaboración de la primera Encuesta Nacional de Factores de Riesgo de las ENT en Bolivia. El fin de dicha actividad era que, a partir de sus resultados, se implementen estrategias para la prevención del cáncer, las cardiopatías, enfermedades pulmonares, hipertensión y diabetes, entre otras.

Hasta la fecha, el informe de ese estudio no fue presentado públicamente, por lo cual tampoco se conoce si hay un plan de prevención.

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Opciones alimenticias sanas y sus obstáculos

El hecho de que las enfermedades crónicas tengan una prevalencia tan importante en el país está relacionado directamente con el tipo de alimentación. Sandra Marca, miembro del Comité Interinstitucional de Agricultura Familiar, dice que se ha ido dejando de lado productos naturales y tradicionales como cañahua, camote, isaño, coca, papalisa, remolacha, walusa, achiote, achojcha y otros de probadas cualidades nutritivas, para reemplazarlos por procesados con altos niveles de conservantes y azúcar.

Para contrastar la tendencia que se ilustra por el florecimiento urbano y hasta rural de negocios de comida rápida, existen esfuerzos que van de la mano de la agricultura familiar y la agroecológica, las que proponen recuperar y fomentar el consumo de alimentos producidos tradicional u orgánicamente.

En La Paz, por ejemplo, está presente Ecotambo, que cuenta con una feria todos los sábados en la plaza Lira, zona de Cristo Rey (ladera oeste), y también la Plataforma de Agrobolsas Surtidas, que una vez por semana rota por diversos espacios públicos de la urbe.

Ambas iniciativas, durante el confinamiento provocado por la pandemia del coronavirus, se encargaron de ofrecer productos sanos en las calles de diversas zonas; el Ecotambo brindó incluso servicio de delivery, usando una forma de distribución que ha mantenido activos a negocios de venta de pizzas, pollos fritos con papas fritas, hamburguesas y otros que ofrecen de yapa (regalo) una gaseosa.

Esos importantes esfuerzos se topan, sin embargo, con obstáculos a la hora de lograr que la producción sana llegue a los hogares de las familias bolivianas.

Uscamayta explica que el primer factor es que el Estado no ha diseñado ninguna política pública para fomentar la producción y distribución de productos de la agricultura familiar y de la agroecológica.

Ello está relacionado, precisa, con el segundo factor que es el favorecimiento gubernamental al modelo del agronegocio, por las ventajas económicas que podría significar en el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB), pero que desde el punto de vista social y ambiental es insostenible.

Dice también que la cadena de distribución está monopolizada, puesto que el productor no puede llegar a los mercados, por lo que tiene que vender a un intermediario que compra muy barato, aunque comercializa en las urbes con precios elevados que terminan por desanimar a los compradores. Esto deriva en una desconexión de sistemas productivos y los consumidores finales.

Por esto, si bien se ha abierto espacios de consumo, éstos están relacionados con un sector de la sociedad bien informada sobre los beneficios de una alimentación saludable y que además cuenta con poder adquisitivo.

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Los transgénicos, otra amenaza

Una muestra del fomento al agronegocio por parte del Estado se conoció la segunda semana de mayo de 2020, en plena cuarentena, cuando el Gobierno transitorio de Janine Añez, a través del Decreto Supremo 4232, autorizó al Comité Nacional de Bioseguridad realizar pruebas de semillas transgénicas de maíz, caña de azúcar, algodón, trigo y soya.

Productores, activistas y organizaciones ambientalistas, indígenas y las que promueven una producción y consumo sano cuestionaron tal medida. Argumentaron que esta viola las normativas vigentes en el país y rechazaron la versión del Ejecutivo de que el fin de estas pruebas es, en una parte, para el abastecimiento del consumo interno.

“La decisión de apoyar al sector del agronegocio boliviano, encabezado por la Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO) y la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo) va en contrasentido de la tendencia mundial de disminuir el uso semillas transgénicas para monocultivos en zonas de bosques de alta diversidad, por el riesgo que suponen para la salud humana, medio ambiente y biodiversidad”, se lee en un manifiesto firmado por 300 organizaciones, que se hizo público el 19 de este mes.

En ese sentido, Uscamayta afirma que los transgénicos no producen alimentos, sino mercancías comestibles. Pone de ejemplo la soya, que es el único producto que cuenta con un evento resistente al glifosato.

“El 90% de lo que se produce en soya va por exportación no es para el consumo local, no es como nos quieren hacer creer que va a salvar la alimentación. Está relacionado con la capacidad de generar lucro (…) Es movido por un factor económico, no tiene justificación en cuanto a la alimentación alimentaria”.

Resalta que la semilla transgénica viene con todo un paquete tecnológico que fomenta la producción de agrotóxicos, los cuales afectan a la salud.

“El problema no son las semillas como tal, sino el modelo del paquete tecnológico que significa la introducción de organismos genéticamente modificados. El modelo fomenta la importación de los agrotóxico, que en 15 años se han fomentado en 500% la importación de agrotóxicos en Bolivia. Y estos generan impactos ambientales y de salud”, dice.

Explica que el Norte Integrado de Santa Cruz, donde se fumiga con glifosato existe una alta presencia de familias con cáncer, diabetes y enfermedades renales.

Además, el decreto pone en riesgo la soberanía alimentaria, relacionada principalmente con el maíz, que es un cultivo ancestral y de origen. El país cuenta con 77 razas de maíz, las cuales estarían en riesgo en caso de que se introdujera semilla genéticamente modificada. Por ende, las organizaciones que se oponen explican que lo que se estaría modificando es la genética ancestral del maíz.